Tu personaje sigue tomando decisiones por tiTu personaje sigue tomando decisiones por ti
Cuando tu propia historia se convierte en una excusa
Hace poco me encontré a un compañero de la universidad en un aeropuerto. Después de 18 años seguía convencido de que yo era la misma persona que conoció entonces. — recordando historias sobre el vato (su servidor) al que le valía queso el mundo.
Le platiqué un poco de mi vida actual. Y le vi la cara. Esa cara de incredulidad genuina, como si fuera matemáticamente imposible que yo hubiera llegado a donde estoy siendo quien el “conocía”. Mi personalidad de entonces me abrió algunas puertas y me cerró muchas más. Así que me quedé con lo que me servía y solté lo demás. Nos despedimos, cada quien, por su lado, y en su cara quedó clarísimo que no me creyó ni una palabra.
¿Y sabes qué? No me robó el sueño.
Porque en algún punto entendí: no necesito que él —ni nadie fuera de mi círculo— valide mi narrativa. Decidí que la única opinión que pesa sobre quién soy es la de las personas que amo. Quién soy como padre, como hijo, como esposo. Y también quién soy como individuo, sin esos roles.
Hay un viejo cliché de autoayuda que dice que eres el protagonista de tu historia. Suena a taza motivacional, pero tiene una parte incómoda: si tú escribiste el personaje, también puedes reescribirlo.
Las marcas hacen exactamente lo mismo que mi excompañero.
Se quedan con la versión de sí mismas de hace cinco años porque es la que conocen, la que les da certeza, aunque el mercado —y el cliente— ya hayan cambiado. “Somos la marca retadora.” “Nosotros no hacemos publicidad tradicional.” Frases que en algún momento fueron estrategia y hoy son un disfraz de identidad.
Lo he visto de cerca: la marca que se sigue vendiendo como “la alternativa joven y disruptiva” cuando ya lleva quince años en el mercado y su cliente promedio tiene cuarenta. La empresa familiar que se aferra al discurso de “servicio cercano y artesanal” mientras su competencia automatiza todo y gana en precio. No es que la historia original estuviera mal — es que dejaron de preguntarse si seguía siendo cierta, y la convirtieron en dogma en lugar de estrategia.
La trampa es la misma:
Confundir el personaje con la persona.
Tú no eres ‘el emprendedor que todo lo sacrifica’. Ese personaje te sirvió en algún momento. Para justificar las noches sin dormir, las malas decisiones y hasta el pinche orgullo. Pero que te haya servido entonces no significa que te siga sirviendo hoy.
Mucha gente no quiere reescribir su historia. Quiere que alguien confirme que la historia que ya tiene es la correcta. Es más cómodo ser el ‘resiliente’ —por no decir aferrado— que sobrevivió al mercado injusto que ser el que tomó malas decisiones y ahora tiene que corregir el rumbo. Y las marcas hacen lo mismo con sus clientes: prefieren pensar que “el consumidor no entiende el valor” antes que aceptar que el producto, el precio o el mensaje están mal.
No se trata de borrar el pasado ni de inventarte una versión nueva para verte bien en LinkedIn. Se trata de preguntarte si lo que sigues contando todavía es verdad. Con tu marca es lo mismo: no se trata de un rebrand cada que baja el engagement, sino de preguntarte si el relato que sostienes todavía describe lo que ofreces.
La pregunta no es cuál es tu historia. Es si la estás usando para avanzar, o para no moverte.
Puedes ser el diablo en la historia de alguien y el santo en la de alguien más, y las dos versiones pueden ser ciertas.
Tu ex sabe una verdad sobre ti que tu socio actual no conoce. Tu excompañero de la universidad tiene su versión, congelada en 2014. Deja de gastar energía cumpliendo el papel que alguien más espera de ti cuando ese papel ya no tiene nada que ver con hacia dónde vas.
Toma las partes de tu antiguo personaje que sí te sirven —la necedad, la ambición, hasta el pinche orgullo — y conviértelas en herramienta. Desecha todo lo demás.
Mi excompañero se fue de esa conversación con su versión de mí intacta. Y está bien. No todos tienen que creer en tu reescritura — solo las personas cuya opinión decidiste que sí cuenta.
Ahora me pregunto ¿Cuál de todas esas versiones sigues interpretando por costumbre?
Porque puedes cambiar de personaje.
Nomás no dejes que el personaje viejo siga tomando decisiones por ti.
#EsLaCalle
